“Por encima de cualquier profesión u oficio, Gaspar Moisés Gómez ha vivido siempre en compañía de la poesía. Hombre de vida frugal y verdadero asceta de la poesía, vive en actitud de creación permanente. En cambio, la publicación es para él un acto secundario. El poeta vive pendiente de ese momento único en el que la palabra lo alza en vuelo sobre los afanes cotidianos.
{…]El soliloquio es la forma de ser de esta poesía en la que sorprendemos a un sujeto emotivo que medita, que es confesante y confesor. El poeta evita la cadencia marcada, acomodando el metro al discurrir del pensamiento y la emoción, con hábiles pausas interiores que pautan la andadura meditativa del poema.”
Fragmentos del prólogo realizado por José Enrique Martínez.
De nacimiento
Nací de noche y me pusieron pronto
a caminar. Iba desde mi madre,
con el llano en herencia, hasta meterme
en otras aguas más profundas.
Cómo
nadé y nadé, con la leche en los labios,
la sangre a punto y resplandeciendo
de temores.
Entendía de todo
Porque iba siempre hacia peor. Fui sabio
En mis raíces, sin deber a nadie
El testimonio de mí mismo.
A gatas
trepé. Bajé rodando. Y, al querer ser más libre,
vi por mi cuello discurrir la cuerda
de lo que nunca más.
Sólo, desde esta altura
en que me miro, me doy vértigo hoy,
pues siento un gran vacío hacia mis pies.
Y si no fuera porque Dios me sujeta,
ya estaría con la desierta nada,
más en cueros solos
que lo que estoy ahora con todos reunidos,
No sé cómo ni cuándo volveré la página
de la historia que fui, pues ocurre
que leo sólo lo que escribo,
y no me gusta, y estoy triste, y voy
hacia lo interior de mis cavernas
como un oso ciego que hasta de su sombra
quiere olvidarse.
¿Sigo más?
Aquí
me remato no si antes verme
y llorarme, pues soy lo que se dice
la más pobre ocasión de haber nacido.
Autorretratos de Van Gogh
II
Me lo dice tu barba roja, el ceño
un tanto de águila, los ojos
que tienes obsesivos y clavados
como un punzón de oro.
Hay que seguir. Penetrar en el centro
del color y dormir en sus escombros.
Dulce tarea de místicos, hiriente,
porque están como unos sabios bobos
en el filo de su identidad,
ganando lo que más cuesta: el asombro
de ser.
Has vuelto contra ti la luz,
los cuervos, los cerrojos
de la noche. De paja de centeno
glorioso te has masacrado el rostro.
Volviste contra ti el pincel. No tienen
remedio las heridas. Hoy, si gozos;
mañana, sombras.
Y tu autorretrato
que da la última razón a los locos.
Canción de viejos
Los viejitos, cesantes en sus médulas,
salen al parque a pasear, y mayo
les mata con su polen.
Se abrochan la chaqueta,
más calurosa que la piel.
Llega noviembre,
y llegará diciembre con sus hielos.
Tiempo sin más. Convictos memoriales.
Y jornadas perdidas como todo.
Ya no se espera a nadie y, menos, a esa joven
que el corpiño rompió con el donaire
de sus pechos.
Y, descorazonados,
vuelven a casa. Van al wáter. Sacan
a mear su próstata. Miran aquel palo
que aguantó tantas velas. Se resisten
a creerlo. Pero qué desastre
en este mar sin olas, todo seco.
La tarde llega con el bizcocho breve.
La noche se apresura en un abrir
y cerrar de ojos. Y otra mañana empiezan
a sacar sus recuerdos, sus vacíos,
sus túmulos, sus ceros
a la izquierda, las jóvenes, ay, nunca
jamás; su triste abotonar
de la bragueta en la última micción.
Canta un pájaro por ellos. Adiós.
Adiós. Memoria de otro tiempo. Adiós.
Cierra el libro que abrieran tantos años
a la vida. Y, con lo que callan,
zurcen la letra de un mortal silencio.
De su último libro “Memoria y desconcierto”. 2011. Editorial Davinci. Colección Versos.
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